lunes, 26 de septiembre de 2011

Un mercado muy majico


Es increíble la cantidad de veces que puedes pasar por delante de él y no darte cuenta de que ahí también se vende comida, y no solo en el Eroski o en Carrefour. Y una vez dentro sientes como si estuvieras unos años atrás, comprando de la mano de tu madre.




Pero te sorprendes sobre todo de la poca gente que hay. De que la media de edad que hay entre los compradores del mercado no baja de los 55 años. Vamos, que van los de toda la vida. Los PTV...y los no tanto, las nuevas olas de gente que llegan a llenar nuestras vida de color y de una perspectiva diferente.



Pero se nota que el mercado tiene un toque especial, ese que hace que te pasees y te entren ganas de comer, de abandonar el carro y ver todos los colores y sabores que desprenden los manjares que ves.






Porque, ¿quién no habría dejado su carro de lado, habría cogido una canasta de manzanas y habría almorzado en ese mismo momento?
Yo acompañaría a estas dos gemelas.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La costillada


En cuanto abrí el ojo ahí estaba. La Nikon D60 esperándome para un apasionante día. O eso parecía por el simple hecho de sacar fotos. Pero fue más complicado de lo que creía. Sacar...¡1000 fotos? La gente me miraba raro por la calle, mi familia se reía de mí. Sacar mil fotos en un día y no era de poner el automático y dejarla ahí. No no. Así que, ante la locura, a sacar fotos.

Lo primero que hice nada más levantarme fue pensar: “yo no veo un pijo sin las gafas, pero si saco una foto saldrá enfocada...” No sé si tenía mucha relevancia, pero me hizo gracia el hecho de que la cámara, un aparato sin vida (aparentemente) en ese momento de la mañana tuviera más ojo que yo.
Mi cuarto estaba especialmente iluminado por la luz que entraba por las rendijas de la persiana, y la única luz artificial que había era el pilotito rojo de la radio (mi madre estaba escuchando música). Encendí el ordenador y me puse a escuchar música. Hay que alegrar las mañanas y levantarse con buen pie, ¿no? ”Last friday night” de Katy Perry para alegrarnos pues.

¿Y a que no sabéis que es lo primero que me encontré nada más salir de mi cuarto? Sí, la cara de sonámbulo de mi hermano. Eso si que es no ver tres en un burro. Choque de camiones ciegos. Un buen comienzo de día. Lo bueno fue verle con un sombrero tipo gánster en la cabeza, lo que me hizo sospechar que la noche anterior había salido de juerga y habría hecho un poco el payaso. Y la siguiente maravillosa foto fue mi “estupenda” melena de rey león nada más mirar a la figura del espejo. ¡Eso sí se merecía una foto! Aunque lo realmente sorprendente de ese despertar fue mirar por la ventana y no ver ni un alma por Pamplona a las 10 de la mañana.

Ya en la cocina estaban mi padres cortando hilos de pantalones y preparando la súper comida que tocaba: comida familiar en San Juan. Así que tocaba llevar costillas, pan, vino, agua, patatas, servilletas...y mil y una cosas más que estaban mejor o peor ordenadas en el mostrador de la cocina. Aunque claro, es primera imagen de mi padre con unas tijeras en la mano (teniendo en cuenta de que yo no veía bien, pero la cámara sí) asusta un poquito.

Ya en mi cuarto, el cual estaba bastante desordenado, las sábanas listas para ir a la lavadora, los peluches desperdigados por el cuarto, la ventana abierta, el piano dejando sitio... cambio bastante cuando estuvo ya recogido, cada cosa en su sitio. Ni una mota de polvo, zapatillas recogidas y la cama bien lisa. Eso sí, mi herida de guerra daba (valga la redundancia) guerra. Eso sí, un primerísimo primer plano para aumentar el dolor (aunque admito que era un poco desagradable, o es).

Mochila, bañador, raquetas de paddle (y sus correspondientes pelotas), llaves de casa, cartera, mp3, móvil (el cual es muy gracioso porque más que un móvil parece un espejo) y un monólogo de “El club de la comedia”. Había que mantener la alegría.
De camino a San Juan me topé con algún que otro niño jugando a fútbol, abuelillos sentados en La Vaguada, y unos pocos coches que cruzaban la calle (de verdad que Pamplona parecía estar muerta, y eso que ya era la 1 de la mañana o de la tarde, nunca se qué es).

A la entrada de la piscina un portero más un periódico. Conclusión: la mitad de la gente se coló sin pagar. La risa de mi prima mayor se merecía una fotaza.
La piscina estaba completamente vacía. Era raro verla así cuando hacía apenas dos días estaba llena de niños saltando y salpicando, jóvenes tomando el sol y jugando a las cartas y madres vigilando a niños.

Al llegar a los asadores es impresionante la cantidad que humo que hay en el ambiente y la cantidad de personas, que a pesar del mal día que hacía, estaban allá de comida. Mi abuelo y mi padre estaban haciendo las brasas, y poco a poco el fuego iba aumentando. Había una panceta en la parrilla. Perfecta en la foto.

Ya dentro del comedor estaba mi prima chateando con el móvil, mi hermano leyendo el periódico como un auténtico señor y mientras comiendo patatas con cebolla (foto un tanto extraña, no penséis mucho en ella) y a través de la cristalera se veía una de las piscinas sin agua y rodeada de árboles caducos. Un poco triste la escena, pero si girabas el cuerpo 180º veías a varias familias preparando mesas, comida, lugares...para celebrar un día juntos.

En el campo de futbito había varios niños, con petos naranjas y amarillos intentando meter gol. Los más graciosos eran los suplentes que estaban ya medio muertos sentados a los lados del campo. Alrededor había dos niñas patinando, entre los árboles. Una foto realmente bonita. Y justo al otro lado, llegando de la pista de tenis como si de dos auténticos campeones se tratara, llegaban mis primos con las raquetas de paddle y sus gorras (hacia atrás, por supuesto), sus caras de cansancio y una conversación interesante (o eso parecía por sus caras).

En las siguientes pistas de tenis había niños en un cursillo aprendiendo a jugar a tenis. Las mil pelotas que había en el lado contrario reflejaban claramente que estaban empezando. Esta imagen contrastaba con la de un partido de tenis de adultos; no había mil pelotas por la pista y llevaban uniforme. Mientras, en el campo de fútbol un portero volaba hacia la escuadra para hacer la parada del siglo (al menos la suya).

De camino de nuevo a los comedores-asadores me junte con uno de mis primos pequeños que estaba intentando hacer toques con un balón, a lo que salieron toda la jauría de primos pequeños (sí, jauría porque lo parecen) detrás de mi, corriendo, así que corrimos hacia los asadores.
Mi tía peinando a las niñas que se pusieron en fila fue otra de las bonitas imágenes del día. Madres, primos y tíos haciendo marionetas humanas o preparando la comida (sí, el tomate con ajos, cebolla...). Se notaba diferencia entre los mayores y los pequeños: los pequeños estaban alrededor de un juego, encima de la mesa, tranquilos jugando, mientras los mayores se reían escandalosamente mientras preparaban los ricos manjares.
Uno de mis tíos sostenía una columna con una cerveza en la mano, y dio la casualidad de que justo estaba debajo de un foco: el iluminado para todo el día. Nuestro primo más pequeño iba pasando de mano en mano, sin saber muy bien quién era quién, lo cual demostraba con cara de asombro. Eso sí, cuando se sentó con una de mis primas pequeñas a comer, los dos solicos, parecía no importarle mucho quién era aquella niña que le estaba dando de comer albóndigas con tomate.

Una de mis primas estaba estudiando por la mañana, y llego tarde a comer, lo cual produjo unos bonitos “camachitos” en su camiseta: la tontería de la que reírse todo el día. Pero esto contrastaba muy bien con la monja de blanco impoluto que llego detrás suya al comedor. La cofia, el bolso y las gafas eran lo poco que se podía distinguir. Era curioso verle en un sitio así donde normalmente ves a familias con niños gritando y comiendo.

El hambre estaba haciendo mella en la familia. El asado no llegaba, así que pude pillarle a una de mis tías mangando comida de un plato. Todos a por ella. De reojo veíamos como la monja empezaba a beber cerveza (era una foto curiosa).
Y al fin llegaron los héroes del día: los que traían la costillada. La foto fue impresionante: 24 personas gritando en una mesa a la entrada de la comida. Como en las películas.
Se cayeron vasos de Coca cola, los brazos se cruzaban unos con otros intentando coger el último trozo de pan, los dedos grasientos de la familia de las costillas,... y como es lógico los niños terminaron primero y se fueron a jugar. Bueno, menos una, que se quedo presidiendo la mesa, como una señora, y comiendo los restos de patatas que aún quedaban.

Mi hermano y mi primo mayores (los cuales ya tienen sus añitos) se pusieron a jugar con una muñeca (mejor no comentar el dato). Luego se sumo mi prima mayor cantando la melodía de la muñeca, lo cual tampoco comentaremos.
Después de tal comilona había que bajar la comida, con lo cual los primos nos fuimos a jugar a paddle (que para eso llevábamos las raquetas) así que una tropa de 13 primos se dirigieron a la misma pista de paddle. Os podéis imaginar vosotros solitos las fotos que pude hacer. Raquetas más grandes que niños, primos que jugaban al “Mata pollos” más que a paddle, pelotas que volaban de un lado a otro sin dueño, primos pequeños a hombros de los más mayores para poder darle a la bola... todo un show.

Tras la retirada de la tropa a sus casa me quedé viendo un partido de fútbol de tercera división y lo que menos me podía imaginar era ver a una compañera mía allá, haciendo el reportaje del partido. Fue toda una alegría. Una cara sonriente y un partido entretenido, donde hubo faltas, peleillas sin mucha importancia, paradas del portero...incluso el aspersor que se encendió a mitad del partido y que dejó al portero un tanto mojado fue protagonista de la tarde.

Ya en casa, después de recoger todo no pude más que ponerme a leer “Atlas ilustrado de los misterios” mientras disfrutaba de una agradable charla y unas cuantas risas con una amiga en una sesión nocturna de Skype. Un perfecto cierre para un día especial.

domingo, 11 de septiembre de 2011

La mosca y el árbol


Dio tumbos por media ciudad. Cansada. Sola. A la luz de un Sol ardiente y que ese día, justo ese día, había decidido que hoy saldría con más fuerza que nunca.

"¡Y tanto que tenía fuerza! Me están sudando las alas tanto que parece que acabo de salir de una piscina."

"Ya estoy viejo y cansado. Siempre escuchando las conversaciones de estos jóvenes que siempre tienen los mismos problemas."

 
La mosca escuchó como el árbol que tenía justo delante hablaba solo. Así que decidió que podía ser un buen lugar para descansar en su viaje y para conocer la vida de aquel hombre.




"Hola, viejo árbol. ¿Qué es eso de lo que hablaba? Le escuché quejarse de la gente. ¿Acaso son tan malos?"

"Buenos días, querida mosca. Pues la verdad que llevo muchos años viviendo aquí y han ido cambiando a lo largo de los años."

"¿Y eso?"


"¿Ves esa rama sin hojas de ahí? La de tu derecha. Hace varios años, cuando todavía este parque apenas tenía unos días de vida, un niño encaló su balón y quiso recogerlo. Saltó y saltó pero o llegaba así que decidió subirse a la rama para cogerlo. Cuando justo llegaba a por el balón, mi rama no pudo soportar su peso y el niño se cayó, llevándose con el todas las hojas de la rama. Desde ese día no le han crecido más."

"Vaya. Tuvo que dolerle mucho."


 
"Sí, bastante. Sobre todo porque yo antes era un árbol respetado. Era la insignia del parque. Pero desde hace unos años no queda más que una sombra de lo que era antes."

 
"Aún le queda mucho que vivir y muchas historias que poder contar a otros animales. Es fuerte y robusto y si es cierto que se le notan los años. Está usted un poco torcido por los años."

"Jovencita, no debes tratar así a tus mayores. Al fin y al cabo, estaremos torcidos, sin ojas en las ramas, pero hemos aprendido a sobrevivir con los años. Lo que vas a tener que hacer tú en tu largo viaje."

"Cierto. Disculpe mi atrevimiento. Y muchas gracias por la historia y el descanso. Cuando vuelva de mi viaje prometo pasarme por este parque y contarle cada una de mis historias."